Comentario sobre el artículo EL ACTOR DEL PROPIO PENSAMIENTO de Paul Claudel en el libro de Nicola Savarese.
Claudel, poeta y dramaturgo francés, también fue diplomático en Japón, lo cual le permitió conocer diferentes disciplinas teatrales antiquísimas oriundas del país nipón.
En este artículo, Claudel primero describe los elementos de la escena del teatro Noh; El camino y el Puente del Palco, la disposición de estos forma una geometría personal para cada espectador siguiendo el ángulo correspondiente del propio ojo y oído. A continuación nos relata las secuencias que sigue el espectáculo:
Entran con pequeños pasos deslizados los músicos y los hombres del coro y ocupan sus respectivos lugares; anunciado por la música llega deslizándose lentamente el Waki, reza dos versos y el coro los repite a su vez en sordina; va a sentarse junto al pilar derecho y espera. Espera la llegada del Shite, embajador de lo desconocido, que siempre porta una máscara. El Waki interroga, el Shite contesta, el coro comenta. El primero instiga al segundo, que le trae la Nada construyendo con la música un caleidoscopio de imágenes y palabras. Entonces llega el intermedio. Se inicia la segunda parte y el Waki termina su rol. El Shite reaparece con otro atuendo; a veces es un personaje diferente del cual el de la primera parte era el anuncio, y se adueña de la escena, ya no habla, se limita a unas palabras y unos arrebatos, el coro es quien, con una especie de salmodia, explica el lugar físico y moral. El Shite con sus movimientos y sus cambios de actitud indica todas las vicisitudes del drama. Podríamos decir que se convierte en una personificación su propio pensamiento. De ahí el título del artículo. Los actores se mueven en una especie de trance, cada gesto ha de ser la lenta copia en la eternidad de una pasión. Es la vida presentada a nuestra reflexión, vemos cada uno de nuestros actos en estado de inmovilidad, no quedando del movimiento más que el significado.
Claudel termina el artículo contándonos que el Noh, al igual que la ceremonia del té, surgidas simultáneamente, no sólo tiene en Japón un valor artístico y religioso, también tiene un valor educativo. El Noh enseña al artista y al espectador la importancia del gesto, y el arte de controlar el propio pensamiento, las propias palabras, los propios movimientos, la paciencia, la atención, la dignidad; pues puede entenderse como, más que un drama, como una aparición en cierto rol ante un tribunal de aficionados exigentes que vigilan, papel en mano, la representación.
Soledad Solís Cruz
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